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Uribe al Senado, un error

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Por nuestro invitado, Miguel M. Benito 

El expresidente Álvaro Uribe será la cabeza de lista del Centro Democrático (CD) en las próximas elecciones al Congreso. Un secreto que no era tal. Una jugada, a largo plazo, contraproducente para el uribismo.

La intención está clara: aprovechar la popularidad del expresidente para conseguir un buen resultado en la contienda electoral de 2014 para las Cámaras, que permita al uribismo establecerse como oposición formal en las instituciones y, tal vez, crear momentum que impulse al candidato del CD para las presidenciales de mayo del mismo año. Un cálculo electoral con un problema: sólo mira a corto plazo y, de hecho, demuestra la actual debilidad de la alternativa uribista.

Es una opción de corto plazo porque se centra en lo electoral y se plantea el modo de conseguir un determinado resultado sin haber pensado primero en la oferta que el CD puede presentarle a los electores. Se piensa la presencia en las Cámaras antes de pensar cómo estructurar el partido político. La estructura se hace desde arriba hacia abajo, justo lo contrario a lo que debería ser un movimiento de opinión –como trasunto del Estado de opinión del que ha hablado siempre Uribe-. Se privilegia la elite, no la base del partido.

La tortuosa construcción de las listas del CD a las Cámaras, aún incompleta, se ha visto en la necesidad de recurrir a la figura de Uribe para impulsarse. Una fuerza política nueva necesita tiempo para establecerse ante los electores. Sobre todo si quiere competir con la opción en el gobierno o con partidos tradicionales.  El CD ha fracasado en esa tarea y sólo ha construido una imagen negativa, la del partido del “no”, que no suele dar buenos resultados en las urnas.

Pero el recurso a Uribe manda dos mensajes negativos: en el CD sólo cuenta un nombre, Álvaro Uribe, todo los demás son copias y, Uribe carga con el partido pero, qué hace el partido por Uribe.

En definitiva, el personalismo y la dependencia del colectivo se exacerban. Como una importante personalidad del uribismo me dijo hace unos días: “Si tenemos al Messi de la política, por qué no hacerlo jugar”. El problema es que sin estructura que apoye a Uribe –sin un equipo que arrope a Messi- ¿qué ocurrirá el día que “el Messi de la política” no pueda jugar? Y ahora no hay equipo.

Al demostrarse la necesidad de permanente tutela de Uribe sobre el partido se plantea una duda: ¿las propuestas que la colectividad haga se dirigirán a ganar la aprobación de Álvaro Uribe o la de los electores? Porque en un partido sin estatutos, en el que la única certeza es que la lealtad a Uribe da puntos, se corre el riesgo de pensar más en agradar al exmandatario que al electorado.

Al final uno no puede más que plantearse si el llamado ‘uribismo’ existe. Existen personas que siguen a Uribe pero que no existe un movimiento político serio y estructurado. Todo depende de la persona, no de las ideas. Eso identifica una opción política de corto plazo. Eso caracteriza al caudillismo; sea en Colombia o en Venezuela. Pero no es lo que debería definir a los partidos políticos.

Si Uribe, de verdad, quiere crear una alternativa de poder sólida debería dar un paso al costado de la pugna electoral y asumir la dirección del CD. Desde allí, construir partido, buscar nuevos liderazgos que, identificados con los planteamientos de sus gobiernos, garantizasen la viabilidad futuro del movimiento sin repetir los errores que –para sus propios intereses- Uribe cometió al crear el partido de la U.

 Miguel M. Benito es Profesor de Relaciones Internacionales en las Universidades Externado de Colombia y La Sabana @mbenlaz

Esta columna fue también publicada en USA Hispanic

Foto, ABC

La cosmética como objetivo de la política exterior colombiana

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Guest piece by Miguel M. Benito

Indigna ver que, ante los errores y torpezas del gobierno en política exterior, los principales medios de comunicación del país, lejos de ejercer la sana crítica, aplauden.

Confundir apariencia y sustancia se ha convertido en una de las características de la política exterior del gobierno de Juan Manuel Santos. Como lo importante es parecer -o aparecer en la portada de la revista Time, por ejemplo- hay un interés desmedido y absurdo por camuflar imperfecciones, disimular defectos olvidándose de tomar decisiones, tener posturas consistentes y emprender reformas como la, tan necesaria, del servicio diplomático siempre pendiente. Con un gobierno en medio de todo y sin concluir todavía -casi- nada, se aspira a tener algo “bonito” que mostrar a los ciudadanos, mientras se espera algo que traiga un buen resultado en las encuestas.

Y la prensa se aviene al juego. Los principales medios colombianos son adictos al ‘gobiernismo’, al que rara vez faltan sea quien sea el presidente. Como la política exterior es un tema sensible se ha extendido la actitud de que no apoyar al gobierno siempre es traicionar a la nación. Así que las críticas a la conducción de la política exterior son tibias y muy escasas -si las hay-, mostrando otra vertiente de la baja calidad del debate democrático colombiano. Ensalzar siempre al gobierno parece la actitud general de los periodistas cuando de política internacional hablan. Aunque se trate de desatinos o de fracasos evidentes. ¿Recuerdan cómo se contó la Cumbre de las Américas de Cartagena? ¿Qué decir del tema del fallo de La Haya sobre el diferendo con Nicaragua?

En este ambiente de complacencia cuando el presidente Santos comente la imprudencia de hablar de la incorporación de Colombia a la OTAN (de algún modo, trasunto en lo militar de la vanidosa intención de ser miembro de la OCDE), la prensa acude al rescate. Y si las declaraciones mal medidas, poco sopesadas y, desde luego, irreales, los artículos lavándole la cara al gobierno resultan bochornosos. El mayor exponente de esto fue el artículo titulado “Relaciones internacionales: ¿Cicatrices abiertas?”, aparecido en el no 1623 de la edición impresa de la Revista Semana (10 a 17 de junio de 2013; aquí enlace de internet: http://www.semana.com/nacion/articulo/relaciones-internacionales- cicatrices-abiertas/345784-3). La defensa es tan torpe que se vuelve contraproducente.

Lean el siguiente párrafo: “¿Qué llevó a Santos a una metida de pata tan innecesaria? El presidente está obsesionado con sacar al país del tercer mundo, eso no significa que lo pueda meter en el primero que es lo que trata de proyectar con frecuencia. A él le interesa que Colombia forme parte de los clubes del mundo civilizado en los cuales aún no está, o que sea presidente de los que ya es miembro.”

Muchas cosas se podrían comentar al respecto, pero a bote pronto, si el objetivo de Juan Manuel Santos es sacar al país del “tercer mundo” -y que conste que no lo dudo- ¿el simple ingreso en la OTAN supondría la incorporación al “primer mundo”? Supongo que el estado la educación, la sanidad, las infraestructuras y la articulación territorial no tienen nada que ver ¿no?

Pero si algo mueve al enojo es lo de “los clubes del mundo civilizado”. De esas palabras brota neocolonialismo y desprecio en estado puro. ¿Si uno sale en la foto con Merkel es civilizado, pero si está con Humala no?

Indigna ver que, ante los errores y torpezas del gobierno en política exterior, los principales medios de comunicación del país, lejos de ejercer la sana crítica, aplauden.

Así es como se consigue tener una política exterior propia de reinado de belleza. Pero perfectamente maquillada, eso sí.

Miguel M. Benito – Analista Político – Internacionalista. Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales. Candidato a Doctor en Seguridad y Paz. Docente de la Universidad Externado de Colombia en áreas de Relaciones Internacionales.

Picture, El Tiempo

De los libros no leídos

Guest piece by Miguel M. Benito

Que los políticos escriban memorias tras pasar por distintos cargos públicos es bastante común en todo el mundo y suele ser una fuente de información útil para comprender y reconstruir el pasado. Además son un buen medio para la auto-reivindicación y para ajustar cuentas con enemigos y rivales. Memorias que pueden ser tan fascinantes como sesgadas y parciales. Pero las memorias son un género complicado en el que hay que saber leer entrelíneas y atender tanto a lo que se dice como a lo que se calla.

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Chavez: ¿Angel o demonio?

Nicolas Maduro

Guest article by Sheyla Dallmeier

Quisieron elevarlo al altar del Olimpo cual dios mitológico de nuevo cuño. Émulos criollos de Hesíodo construyendo una Teogonía con las proezas del Gigante. Comandante Eterno de infinitas batallas que superaron con creces lo que pudieron realizar los próceres de la patria, devenidos todos en precursores de una independencia que sólo hasta ahora pudo alcanzarse. ¿Cómo comparar los 23.000 km recorridos a lomo de caballo por Simón Bolívar, confinado a  los territorios sudamericanos, con los miles de millas transitados por el Comandante Presidente a bordo  del glorioso avión presidencial llevando su mensaje de esperanza por todos los predios del mundo? ¿Y de las batallas?  Lucen pequeñas  Taguanes,  Araure o Carabobo, ante los embates de la lucha dada por el Gigante en Davos, Nueva York o Punta del Este. El enfrentamiento sin cuartel contra el imperio en sus propias fauces, que casi  coloca a éste al borde del colapso.

Pero la realidad es terca. Todo el aparato comunicacional del gobierno asesorado por cubanos, capaces de elaborar millones de rosarios con la estampa del líder fallecido, ofendiendo así a los creyentes católicos,  colocar su imagen en gigantografías  en todo el territorio nacional y cuñas de televisión durante todo el día, no han sido suficientes  para superar una  circunstancia mucho más profana: las escasas dos semanas de que dispone la memoria política de la población para pasar la página de cualquier evento, por importante que sea.

El mito se desinfla. Con sorprendente rapidez, el tráfago de la vida cotidiana de los venezolanos, rehén de la delincuencia desatada, el alto costo de la vida, la falta de vivienda, el desempleo, convierten toda la legendaria  lucha revolucionaria en un recuerdo lejano de poca importancia.  La machacona insistencia de algún encuestador que afirmaba que “Chávez tiene un liderazgo religioso” luce ahora poco menos que ridículo, por inconsistente.  El santo no aparece por ningún lado, salvo que se lo quiera ubicar en la llamada “Corte Malandra” al lado de personajes poco recomendables, que sin embargo tienen un numeroso rebaño de seguidores.

Las imágenes del Gigante se destiñen en los postes, mientras otras imágenes, esta vez  del “Presidente Obrero” Nicolás Maduro aparecen en escena. Se cierra el círculo. La serpiente que se muerde la cola. Ahora son las cadenas de Maduro, a toda hora. El gobierno de calle, con toda su parafernalia  que atormenta ahora al sufrido poblador de Venezuela.

Tal vez se pretenda construir un nuevo mito.

No va a ser fácil. Hugo Chávez tenía una historia épica fabricada a través de  los años, a partir de su irrupción en la opinión pública el 4 de febrero de 1992, cuando dio el fracasado golpe de estado al presidente Carlos Andrés Pérez.  Maduro no tiene nada de eso. Un pasado oscuro, del cual no abundan las referencias, salvo que es ficha del gobierno cubano, entrenado en La Habana como activista y posteriormente tuvo un desempeño como chofer de autobús del sistema Metro de Caracas y dirigente sindical.

La maquinaria comunicacional del gobierno sigue haciendo su trabajo. Los asesores cubanos insisten en el guión trazado. El recuerdo de Chávez se desvanece. Sólo el tiempo dirá si Maduro será el nuevo gigante o desaparecerá triturado por el inexorable devenir de la historia.

 Sheyla Dallmeier es Directora Ejecutiva de Ad Consultores, Directora del Instituto de Comunicación Política capitulo Colombia. Ganadora del Victory Award 2013 como Consultora Revelación.

Maduro, Capriles y la redefinición del chavismo

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Guest article by Jerónimo Ríos Sierra

La victoria de Nicolás Maduro no puede tan fácilmente interpretarse como una victoria del chavismo. Ésta, por poco más de 200.000 votos, debe ser interpretada en otros términos. Si hace tan sólo unos meses atrás Chávez se imponía en las presidenciales con una clara diferencia así como en los comicios regionales, ¿qué ha sucedido para que una diferencia próxima a los diez puntos porcentuales y 1.600.000 votos haya quedado en nada?

Sorprende sobremanera la falta de juicio crítico dentro de quienes apoyaron a Maduro para entrar a valorar la relevancia de la sangría de votos experimentada por el oficialismo. Lo cierto es que entre Maduro y Capriles han logrado poner al proyecto bolivariano en una tesitura difícil, que requiere de una redefinición en su agenda para responder a problemáticas irresolutas, desatendidas, como la inseguridad, la corrupción, los problemas económicos del país y donde lo más urgente pasa por encontrar vías de recomposición de un tejido político y social claramente fragmentado.

Del lado de Maduro cabe destacar una pésima campaña electoral donde las alegorías simbólicas a Chávez y lo ultramundano, necesarias, no han sido ni mucho menos las acertadas. Aparte de la ausencia del liderazgo carismático del comandante, Maduro no ha aportado nada de interés en su proyecto de Estado. Un proyecto que ante los renovados argumentos de la oposición hubiera requerido de nuevos horizontes y posibilidades ante las necesidades que, más allá de la sanidad, la educación y las políticas alimentarias, reivindica la sociedad venezolana.

Por su parte, Capriles ha enfatizado en la necesidad de continuar con las conquistas sociales del chavismo sin que ello sea óbice de un modelo de Estado donde el trinomio que éste representa junto con Mercado y Sociedad Civil no queden tan sesgado como en el arquetipo socialista del siglo XXI. Asimismo ha mostrado una actitud mucho más combativa dialécticamente y mucho más constructiva sobre ciertos aspectos que con Chávez eran monopolio exclusivo de la narrativa bolivariana.

Todo ello ha tenido como consecuencia una disputa política y electoral muy diferente a la acontecida hace unos meses. Ahora la oposición no es tan irrelevante como entonces ni el oficialismo tan férreo.  Sin embargo, algo sigue constante y es la instrumentalización, por uno y otro lado de enfrentar a la sociedad venezolana en pos de obtener rédito político y electoral y sobre la base de una retórica “amigo-enemigo” que no contribuye a otra cosa que a promover un encono, una polarización y una confrontación social que sólo tienen un perdedor: Venezuela.

Jerónimo Ríos Sierra es investigador en ciencias políticas y sociología de la Universidad Complutense de Madrid (@Jeronimo_Rios)

Photo AFP

Venezuela y la sombra del fraude electoral

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Guest piece by Sheyla Dallmeier

Gran parte de la oposición venezolana ha pasado años tratando de descifrar la manera en que se materializa el fraude durante cada elección. Muchas hipótesis se han formulado tratando de hallar una explicación, desde la utilización de misteriosos centros de computación capaces de retroalimentar en línea los equipos de votación, hasta la utilización del cable submarino con Cuba para deconstruir la data electoral y devolverla a Venezuela de forma que favorezca al partido de gobierno.

La verdad parece ser mucho más sencilla. Al parecer los rectores del Consejo Nacional Electoral (CNE) les basta con reunirse durante largas horas analizando y discutiendo, hasta que, con la población al borde de la crispación, emitir un resultado que consideran lo más digerible posible, siempre favoreciendo los intereses del PSUV, partido actualmente en el poder. Aunque esto no resulte entendible, ya que los equipos de computación disponibles están en capacidad de procesar en pocos minutos toda la data de la elección, la cual es transmitida online por los centros de votación, sin embargo la directiva del CNE, demora de cuatro a seis interminables horas en dar los resultados, algo injustificable, si se considera que todo el proceso está automatizado.

Aunque por norma los partidos deben obtener una copia de las respectivas actas de votación en todas las entidades del país, la operación de recaudación, centralización y procesamiento de la información real de la elección puede tardar semanas, por lo que aceptar los resultados oficiales se transforma necesariamente en un acto de fe. Esto en realidad no difiere mucho de lo que pasa en otros países, pero resulta que el CNE es una de las instituciones más desprestigiadas de Venezuela, en la que algo cercano a la mitad de la población tiene poca o ninguna confianza y resulta cuesta arriba darle un voto de confianza en una circunstancia como la actual.

En el momento en que se dan los resultados, ni el CNE ni los partidos opositores están en capacidad de demostrar documentalmente la realidad de lo que pasó en la elección. Claro que las organizaciones políticas aplican métodos de conteo rápido, una fórmula con resultados estadísticamente aceptables, lo cual podría darles una cierta seguridad en los resultados obtenidos, aunque bien se sabe que tal método carece de la confiabilidad necesaria cuando los resultados se encuentran muy ajustados.

Los indicios que demuestran la poca pulcritud del proceso y por ende la mala fe del CNE están por todos lados. Una muestra evidente la encontramos en la marcada diferencia de tendencias mostradas entre el primer y el segundo boletín emitidos el 14 y el 15 de abril respectivamente. En el primer boletín con el 99,12% de los votos escrutados, la tendencia era 50,66% Maduro y 49,71% Capriles. Pues bien, la tendencia en menos del 1% de los votos restantes, que también correspondía a toda la población, la tendencia fue de 69% a Maduro y 31% a Capriles, algo totalmente inconsistente con el primer boletín, y que estadísticamente demuestra manipulación de las cifras por el ente electoral. Por supuesto que esta variación no tiene incidencia en el resultado final, pero demuestra que si pudieron manipular el 1%, también pudieron manipular la globalidad de las cifras emitidas.

Conforme a un análisis de Consistencia Democrática del Registro Electoral, llevado a cabo por investigadores de la Universidad Católica Andrés Bello, se pudo establecer que en 162 municipios, algo más de la mitad de la totalidad de los municipios del país, tenían más votantes que habitantes, si se contrasta con las cifras del Censo General de Población, realizado por el Instituto Nacional de Estadísticas. En algunos casos, 72 específicamente, esta sobre cobertura era superior al 120%, con lo cual queda demostrada la poca fiabilidad del Registro Electoral y la posibilidad de agregar votos que no se corresponden con la población real.

El Comando Simón Bolívar, del candidato Henrique Capriles presentó ante el CNE más de 3.000 violaciones a las disposiciones legales electorales, que podrían tener incidencias en los resultados de la elección del 14 de abril entre las que destacan algunas verdaderamente graves, que constituyen delitos penales, como el hecho de que los testigos de la oposición fueron retirados por la fuerza, a punta de pistola, en 286 centros de votación, lo que implica a más de 722.983 electores y que, asimismo, en muchos centros de votación hubo más votos que electores, lo que significa la manipulación descarada de las máquinas por los partidarios del oficialismo. Con base en tales argumentos el candidato de la unidad solicitó el reconteo de los votos emitidos, a lo cual el ente electoral respondió admitiendo la posibilidad de auditar una muestra de  las cajas.

Llama la atención la celeridad con la que el CNE procedió a proclamar vencedor a Nicolás Maduro, apenas a 16 horas del cierre de las votaciones, cuando la tradición es que tal proclamación se haga varios días después cuando estén consolidados los resultados definitivos que avalen la elección del candidato ganador y además, estaba de por medio la objeción del candidato opositor.

De lo que no quedan dudas después de este proceso, es que Henrique Capriles se ha erigido en el primer líder del país. Ningún otro dirigente, ni en las filas del partido de gobierno, ni en las de la oposición tiene el carisma ni la credibilidad demostrados por Capriles. Viene un proceso largo y difícil. Un gobierno en minoría, sustentándose en la represión y la violencia, decidido a no dejarse desalojar del poder y una oposición sin mayores recursos, pero con una profunda fe en la democracia y dispuesta a no dejarse subyugar por los que eventualmente gobiernan la nación, están de nuevo frente a frente. De la sindéresis en inteligencia que demuestre la dirigencia opositora y su líder en estas circunstancias, dependerá el éxito o fracaso de la lucha emprendida.

Photo, AFP

Sheyla Dallmeier es politóloga, Directora de AD Consultores y del Instituto de Comunicación Política Capitulo Colombia

Seguridad ciudadana: la deuda de los candidatos con los venezolanos

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Guest article by Miguel M. Benito 

En el 2011 Global Study on Homicide elaborado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito recogía que en 2009 en Venezuela hubo 13.985 homicidios, en una proporción de 49 por cada 100.000 habitantes. El mismo año en España, sumida en una gravísima crisis económica y con, aproximadamente, el doble de habitantes, las cifras fue de 399 asesinatos (0’99 homicidios por habitante). El Ministerio del Interior de Venezuela ha reconocido que en 2012 hubo más de 16.000 homicidios y en lo que llevamos de 2013 el número supera los 3.400. Según el Observatorio Venezolano de Violencia en el período 1998-2012 el número de homicidios es de 155.788. Para el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal Caracas es la tercera ciudad más insegura del mundo (superado sólo por San Pedro Sula y Acapulco).

A lo largo de los últimos catorce años, los planes de seguridad emprendidos por los gobiernos nacional y locales han fracasado estrepitosamente y la delincuencia está rampante y en aumento. Nicolás Maduro y Henrique Capriles deberían preocuparse más en dar un diagnóstico serio y respuestas a este asunto, que es la principal preocupación de los ciudadanos venezolanos aunque, que, como están haciendo, centrar sus campañas electorales en el ausente y presente Hugo Chávez.

En el caso de Maduro esta desatención de los temas de seguridad forma parte de la lógica del continuismo. El presidente Chávez nunca le dedicó mucha atención a este problema durante sus campañas. Sólo en 2009 adelantó algunas medidas, como la creación de la Policía Nacional Bolivariana y la recentralización de las políticas de seguridad, que no han logrado resultados. Las pocas menciones de Maduro a la inseguridad se dirigen al fortalecimiento de los mecanismos comunitarios de prevención del delito. La baja prioridad de la seguridad en la campaña Maduro se nota al estar aún solicitando ideas vía twitter a sus seguidores para incorporarlas a un plan aún inconcluso. ¿Forma de fomentar el diálogo con los electores o demostración de desinterés por la principal preocupación de los ciudadanos?

Capriles, por el contrario, sitúa la seguridad como uno de los cinco pilares de su campaña. Su apuesta habla de cero tolerancia con los secuestros, robos, homicidios y la violencia intrafamiliar y tiene un enfoque más integrado. Además de mejorar las capacidades de las fuerzas del orden, fortaleciendo los nexos con las comunidades, la coordinación interagencial y una nueva descentralización de las políticas públicas de seguridad, su programa menciona –de forma genérica- como problemas conexos a la delincuencia la creciente posesión ilegal de armas, la ausencia de oportunidades para la juventud y una reforma a la justicia penal –los niveles de impunidad crecen al mismo ritmo que la inseguridad-.

Aunque la propuesta del candidato opositor es más completa que la del oficialista, en el pasado la inseguridad no ha pesado en los resultados electorales. Pero, Maduro no es Chávez. Esa puede ser la diferencia. ¿Ventaja Capriles?

Miguel M. Benito Docente en la Universidad Externado de Colombia. Analista y Consultor polí[email protected]

This article aslo appeared in El Espectador.

Venezuela, un continente a la espera

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Guest article by Fernando Harto de Vera

Hoy se celebran en Venezuela las primeras elecciones después de la desaparición de Hugo Chávez. Tras una campaña electoral de apenas diez días las encuestas señalan que la incertidumbre de los resultados se limita a conocer por cuanto ganará Nicolas Maduro a Henrique Capriles.

La imagen que Maduro ha construído durante la campaña ha estado, como no podía ser de otro modo, fuertemente influenciada por la figura de Chávez. En sus intervenciones públicas, ha dado la impresión de copiar el estilo del comandante. Episodios como la anécdota del pajarito, la interpretación del rap y la gruesas descalificaciones dirigidas a Capriles, recuerdan inevitablemente las formas del extinto comandante. Hasta que punto esta estrategia de campaña se debe a una intención consciente para aprovechar al máximo el legado simbólico de Chávez o a una incapacidad para encontrar un estilo propio, es una incógnita que sólo el ejercicio del poder en el futuro nos desvelará.

La sorpresa ha venido desde el lado de Capriles. En las pasadas elecciones de octubre, el perfil del candidato opositor se mantuvo dentro de un discurso sosegado proyectando una imagen de moderación y sin descender al cuerpo a cuerpo con su oponente. Por el contrario, en esta ocasión ha cultivado una imagen histriónica, con la utilización de un lenguaje agresivo, muy alejada del perfil moderado y casi tecnocrático de sus primeros comicios. ¿Cuáles son las razones de este cambio? En las elecciones de octubre, es posible que la enfermedad de Chávez llevara a sus asesores a desaconsejar una estrategia de beligerancia que podría haber transmitido al electorado la imagen de persona despiadada y sin capacidad de empatía ante el sufrimiento y la enfermedad. O también es posible que la arrolladora personalidad de Chávez y su habilidad para la pelea en las distancias cortas operara como un factor disuasorio. Sea como fuere lo cierto es que el cambio de estrategia no ha reportado beneficios al candidato opositor.

Así las cosas es interesante explorar como recibirá América Latina el relevo en la presidencia de Venezuela. En 2013 habrá elecciones presidenciales en Paraguay, Honduras y Chile mientras que en el 2014 se celebrarán en El Salvador, Costa Rica, Panamá, Colombia, Brasil, Uruguay y Bolivia. En Paraguay la división del centro izquierda deja una escenario en el que el previsible triunfo del candidato del conservador Partido Colorado, Horacio Cartes, no recibirá a Maduro con simpatía. Mejor escenario se presenta en el caso de Honduras y Chile puesto que las encuestas dan como posibles vencedores a los candidatos progresistas Xiomara Castro y Michelle Bachelet, respectivamente. Especialmente interesante para Venezuela es la posibilidad de que la esposa del derrocado Manuel Zelaya, quien tuvo unas magníficas relaciones con Chávez, se alze con el triunfo.

En cuanto a las elecciones que tendrán lugar el próximo año, su lejanía hace que se imponga la cautela en el análisis. No obstante, las previsiones son de continuidad en la orientación política de estos países con lo que el entorno latinoamericano continúa con gobiernos mayoritariamiente de centro izquierda, escenario éste que augura una buena recepción de la eventual victoria de Nicolás Maduro.

En este escenario las relaciones de Venezuela con el resto de los países latinoamericanos es previsible que estén caracterizadas durante los próximos años por la continuidad y la profundización en los procesos que se han puesto en marcha durante estos catorce años de proyecto bolivariano. Así lo expresaba el jefe del Comando Sur de Estados Unidos en unas recientes declaraciones ante el Congreso de Whasington. Conviene tener presente que Maduro ocupó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores entre el año 2006 y comienzos del presente. Así pues se trata de alguien que cuenta con una amplia experiencia en el escenario regional latinoamericano.

Uno de los ejes de proyección de Venezuela va a ser sin duda el Mercosur tras su aceptación como socio pleno en 2012. La profundización de las relaciones con esta iniciativa de integración incluye un gran proyecto como es la construcción de un gasoducto que atravesaría América Latina desde el Caribe hasta el Río de la Plata en donde participarían los países del Mercosur y Bolivia. El segundo eje de la política hacia América Latina tendrá que ver con el desarrollo y consolidación del ALBA. En este sentido, la continuidad de los gobiernos progresistas en los países que forman parte de este acuerdo garantiza la estabilidad. El tercer y último eje lo constituye el acuerdo Petrocaribe firmado con 16 países (14 caribeños más Guatemala y Nicaragua) a los que cabe la posibilidad de que se vuelva a sumar Honduras en caso de triunfo electoral de Xiomara Castro.

Ahora bien, este halagüeño panorama depende de que los precios del crudo, el motor que ha financiado la proyección latinoamericana de Venezuela, se sigan manteniendo al alza. Y de acuerdo con las proyecciones de la OPEP pareciera que al menos en el corto plazo las perspectivas son de un crecimiento. Todo hace indicar que  los comienzos del mandato del próximo presidente venezolano auguran un escenario positivo en las relaciones exteriores con la región latinoamericana.

Aceptación como socio pleno de Mercosur en 2012
Su gran proyecto gasífero incluye el gran Gasoducto del Sur, que plantea la construcción de un gasoducto desde el Caribe hasta el Río de la Plata, donde participarían los países del Mercosur y Bolivia, en principio.

 

 Fernando Harto de Vera, profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid