Latin America

El Legado De Hugo Chávez

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Guest essay by Manfred Grautoff.

Respuesta al Escritor William Ospina

William Ospina está en la orilla opuesta a los argumentos que han permitido que las naciones se desarrollen; con sorpresa leí la defensa estoica que realiza del legado de Hugo Chávez, y después de recorrer varios de estos escritos concluyo que un intelectual de esta dimensión no se le podría tildar de ignorante porque tengo la certeza que ha estudiado económica política.

El alumno destacado del Profesor de la Universidad del Valle Estanislao Zuleta posee una prosa fluida, estética y poética que emplea para adentrarse en la literatura. Admiro su pluma, en especial la narración histórica de los tiempos de la conquista española, que son una mezcla entre el realismo mágico y los versos de Pablo Neruda. Este intelectual de las letras ha optado por defender causas que bajo un manto de equidad social camuflan el totalitarismo soterrado exaltando el odio señalando a una clase social como la causante de los problemas de una sociedad; así las conspiraciones resultan atractivas para explicar la mala distribución del ingreso, y esta exacerbación de las pasiones es contraproducente y peligrosa porque engendra el odio que termina por desatar explosiones de violencia.

El citado escritor miente y emplea su estupenda prosa para engañar a sus lectores, por lo que voy a señalar los puntos que son distorsionados de forma estética por el citado literato. En primer término dice que existen más pobres que ricos en América Latina, algo que es evidente pero que debe compararse con el proceso histórico de la humanidad; en la actualidad esa relación es cierta, pero no solo para este lado del planeta sino a nivel global a causa de la escases de recursos y a la ausencia tecnológica que no permite superar esa brecha de forma definitiva. De igual forma desconoce que ese margen se ha reducido desde la aparición de la economía de mercado en el siglo XVIII. Habría que apreciar la relación entre ricos y pobres; antes de la era industrial la pobreza era casi del 90%, la desnutrición infantil era la constante y la esperanza de vida bordeaba entre 35 a 40 años. Esta era la realidad de los bucólicos escenarios que tanto anhela revivir William Ospina; personalmente no desearía que un ser humano retornara a vivir en una época colmada de carencias a nivel generalizado.

De acuerdo a William Ospina, Hugo Chávez logró derrotar la pobreza con base al concepto de justicia redistributiva, quitándole al rico para entregárselo al pobre; efectivamente el movimiento Bolivariano Venezolano mejoró los resultados del Índice Gini que mide la distribución del ingreso que pasó de 50% a 39%, ubicando al país como uno de los mejores a nivel internacional con respecto al cumplimiento de los objetivos del milenio de Naciones Unidas para la superación de la pobreza. Pero una cifra no se debe tomar en términos absolutos; se debe desagregar. Esta palabra lesiona la prosa, pero es un procedimiento que permite contemplar una realidad en términos diáfanos. El Índice Gini por estratos socioeconómicos muestra caídas grandes en la concentración del ingreso entre el cuarto al quinto quintil de la población y mejoras marginales en la población de menores ingresos que se ubica en los tres primeros quintiles; dos cuestiones surgen: por qué no se nivela la población marginada venezolana con la población privilegiada; y segundo, esa disminución de la concentración de la riqueza a dónde fue a parar, ya que la evidencia empírica indica que no llegó a los desposeídos de Venezuela.

Durante el siglo XIX un abogado con conocimiento en estadística estudió los fenómenos de la distribución de los recursos; su nombre era Francis Edgeworth, y descubrió que el intercambio de bienes y servicios que depende de las preferencias individuales termina por mejorar a toda la sociedad. La Venezuela Bolivariana que dirigió Hugo Chávez redistribuyó el ingreso pero sin aumentar los recursos de toda la sociedad; esto lleva a un círculo de intercambios donde los pobres de hoy serán los ricos del futuro. Este ciclo, bajo esas condiciones, es infinito, fenómeno que en Venezuela se puede denominar “Boliburguesia”, clase privilegiada del régimen bolivariano que nace como fruto de las concesiones del Estado benefactor y del proceso de corrupción burocrático.

William Ospina debería revisar el concepto de justicia Ralwasiana que formula que un planificador tiene un velo de incertidumbre y como no sabe cómo será el futuro, entonces debe garantizar que cualquier persona tenga acceso a un determinado nivel de bienestar, sin importar si es rico o pobre; es decir debe librarse de juicios de valor y garantizar el acceso a los bienes públicos que la sociedad considere fundamentales. En Venezuela las contradicciones se agudizaron a tal punto que la mitad de la Nación considera que la otra mitad no tiene derecho a acceder a bienes públicos y debe desaparecer no por concepto racial o religioso sino por un criterio de pertenencia a una clase socioeconómica; este es el imperativo de una doctrina que en el siglo XX condujo al genocidio de una Nación y que necesita la figura del caudillo como representación del clamor nacional elevado al grado de ídolo que termina por sustituir al propio Estado: ese modelo político se llama fascismo y su encarnación en América Latina fue la figura caudillista de Hugo Chávez al igual que lo fuera Juan Domingo Perón en Argentina; así la política pública brilla por su ausencia y la tecnocracia es perseguida por la dirigencia venezolana, y todo aquel que cuestione la autoridad del líder es enemigo de la patria y hace parte de la burguesía opresora.

Igualmente William Ospina considera que Hugo Chávez es un pensador económico que debe estar al lado de Adam Smith. Para defender su tesis argumenta que el lenguaje que emplean los economistas es el culpable del bajo desarrollo económico de los países de América Latina, mientras Hugo Chávez sabía transmitir de forma simple a los ciudadanos los problemas económicos de la Nación, contrario a los economistas que emplean una jerga digna de una orden secreta que tiene por objetivo excluir y aplastar a las personas. El argumento equivale a culpar a los médicos de causar las enfermedades por emplear términos como ADN mitocondrial o betabloquedores.

El léxico económico ha nacido de la construcción de una ciencia; si de algo son culpables los investigadores económicos es de no tener creatividad o no ser poetas. En cambio el sencillo hombre que daba lecciones de economía en sus creativos y divertidos discursos tomó medidas económicas que produjeron la contracción en la oferta de crudo que pasó de 6 millones a 2 millones de barriles, de la misma forma que el sector industrial se contrajo a 0.3 empresas por cada mil habitantes mientras que en Colombia esta medida es de 1.2 firmas por mil habitantes; situación que explica el desabastecimiento de carne, leche, huevos, trigo, arroz, así como de bienes higiénicos indispensables para la salud humana y los cortes de energía eléctrica rutinarios. Tiene razón William Ospina en que los argumentos simples que explican la relación efecto causa de un fenómeno económico permiten solucionar problemas estructurales de una sociedad; por ejemplo Gary Becker es un economista que afirmó y comprobó que los incentivos explican el nivel de criminalidad de una sociedad; concepto que sería muy útil para Venezuela que a partir del momento que llegó Hugo Chávez al poder en 1999 pasó de ser uno de los países con menores índices delictivos del subcontinente a convertirse en 2012 en uno de los países más inseguros del mundo.

Pero si la situación en el campo interno se deterioró de forma notable, a nivel geopolítico Hugo Chávez desplegó su retórica que le sirvió para realizar alianzas con regímenes que no tienen compasión al momento de reprimir a sus habitantes; de esta forma legitimó al Presidente de Siria Bashar Al Assad quien emplea al Ejército para asesinar a sus compatriotas y mantenerse en el poder; igual comportamiento tuvo con el otrora Coronel Muamar Gadafi, un tirano que torturó y asesinó al pueblo libio, y a esa lista de sátrapas se une el Presidente de Irán Mahmud Ahmadineyad, un hombre que en 2008 no tuvo recato para ordenar disparar a los manifestantes en las calles de Teherán porque reclamaban la falta de transparencia en un proceso electoral que lo ratificaba para un segundo periodo presidencial. Estas alianzas tenían como objetivo reducir las cuotas del cartel internacional de petróleo y de esta forma aumentar el precio del crudo para compensar el deterioro productivo de la empresa estatal de petróleos de Venezuela (PDVSA). Las victimas de Oriente Medio son en parte responsabilidad de una pésima política petrolera del movimiento Bolivariano, que por sostener de forma artificial un precio legítimo a los peores violadores de derechos humano del mundo.

A nivel regional Venezuela se convirtió en paraíso del terrorismo internacional y del crimen organizado; ahí encuentran asiento terroristas de Hezbollath, Hamas, Farc y Eta. A Venezuela migraron los narcotraficantes del Cartel del Norte del Valle, del desvertebrado Cartel de Medellín. Todas estas estructuras delincuenciales hicieron un conglomerado del crimen aliándose con un sector del alto mando de las Fuerzas Militares Venezolanas y así este país pasó a ser el epicentro de las rutas de envío drogas ilícitas tal como lo revelan los reportes académicos de la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito (UNOCD). Hugo Chávez no condujo a Venezuela a la libertad, un país donde los habitantes son silenciados violentamente por grupos criminales al servicio del régimen Bolivariano por el hecho de pensar distinto, donde la zozobra de ser victimizado es una realidad latente y donde los medios de comunicación contradictores del gobierno son hostigados y clausurados por el Gobierno; no se le puede llamar un Estado Libertario. El carismático líder venezolano empleó de forma sistemática la violencia verbal. Financió las llamadas milicias bolivarianas que no es otra cosa que población civil sin preparación que posee armas de corto y mediano alcance, lo que acarreó que las cifras de violencia alcancen los peores niveles desde que Venezuela es una República.

Hugo Chávez era un dictador sectario que asumía que quien no estaba con él era un enemigo de la patria, lo que condujo a radicalizar la revolución bolivariana; por medio de su retórica maltrataba a sus contradictores con descalificativos y términos soeces. Ese léxico llevó a fomentar la violencia, y maltrató al líder de la oposición llamándolo “cochino” por tener orígenes judíos. Realmente cree William Opina que el ideario político de Hugo Chávez es el camino para combatir la pobreza y la violencia. Los resultados están a la vista, Venezuela es un país colapsado producto no de una conspiración internacional porque bajo la época que gobernó Hugo Chávez el precio de barril de petróleo alcanzó su máximo histórico.

La herencia política es un país al borde del cataclismo social, el sonriente llanero falleció rodeado de una camarilla de hampones que ahora luchan como buitres sobre el cadáver del líder, repartiéndose la riqueza de los venezolanos, mientras Cuba con apetitos coloniales espera consolidar su poder dentro de la resquebrajada institucionalidad venezolana. El socialismo del siglo XXI no es la fase superior del capitalismo; es populismo fascista disfrazado de izquierda que con cantos de sirena exalta las pasiones, embauca incautos afirmando que la solución a los problemas de la desigualdad y exclusión social se encuentran en el voluntarismo de Nietzsche que afirma que el valor supremo del súper-hombre elevado a la categoría de héroe es todo lo que se necesita para cambiar las condiciones de la sociedad. Estimado William Ospina, quiero creer que usted es incauto y no alguien que manipula la opinión con ese extraordinario don de la escritura que le otorgó el ETERNO.

Manfred Grautoff es un consultor político, académico y economista. Es panelista de la televisión colombiana.

Photo AP

Venezuela y la sombra del fraude electoral

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Guest piece by Sheyla Dallmeier

Gran parte de la oposición venezolana ha pasado años tratando de descifrar la manera en que se materializa el fraude durante cada elección. Muchas hipótesis se han formulado tratando de hallar una explicación, desde la utilización de misteriosos centros de computación capaces de retroalimentar en línea los equipos de votación, hasta la utilización del cable submarino con Cuba para deconstruir la data electoral y devolverla a Venezuela de forma que favorezca al partido de gobierno.

La verdad parece ser mucho más sencilla. Al parecer los rectores del Consejo Nacional Electoral (CNE) les basta con reunirse durante largas horas analizando y discutiendo, hasta que, con la población al borde de la crispación, emitir un resultado que consideran lo más digerible posible, siempre favoreciendo los intereses del PSUV, partido actualmente en el poder. Aunque esto no resulte entendible, ya que los equipos de computación disponibles están en capacidad de procesar en pocos minutos toda la data de la elección, la cual es transmitida online por los centros de votación, sin embargo la directiva del CNE, demora de cuatro a seis interminables horas en dar los resultados, algo injustificable, si se considera que todo el proceso está automatizado.

Aunque por norma los partidos deben obtener una copia de las respectivas actas de votación en todas las entidades del país, la operación de recaudación, centralización y procesamiento de la información real de la elección puede tardar semanas, por lo que aceptar los resultados oficiales se transforma necesariamente en un acto de fe. Esto en realidad no difiere mucho de lo que pasa en otros países, pero resulta que el CNE es una de las instituciones más desprestigiadas de Venezuela, en la que algo cercano a la mitad de la población tiene poca o ninguna confianza y resulta cuesta arriba darle un voto de confianza en una circunstancia como la actual.

En el momento en que se dan los resultados, ni el CNE ni los partidos opositores están en capacidad de demostrar documentalmente la realidad de lo que pasó en la elección. Claro que las organizaciones políticas aplican métodos de conteo rápido, una fórmula con resultados estadísticamente aceptables, lo cual podría darles una cierta seguridad en los resultados obtenidos, aunque bien se sabe que tal método carece de la confiabilidad necesaria cuando los resultados se encuentran muy ajustados.

Los indicios que demuestran la poca pulcritud del proceso y por ende la mala fe del CNE están por todos lados. Una muestra evidente la encontramos en la marcada diferencia de tendencias mostradas entre el primer y el segundo boletín emitidos el 14 y el 15 de abril respectivamente. En el primer boletín con el 99,12% de los votos escrutados, la tendencia era 50,66% Maduro y 49,71% Capriles. Pues bien, la tendencia en menos del 1% de los votos restantes, que también correspondía a toda la población, la tendencia fue de 69% a Maduro y 31% a Capriles, algo totalmente inconsistente con el primer boletín, y que estadísticamente demuestra manipulación de las cifras por el ente electoral. Por supuesto que esta variación no tiene incidencia en el resultado final, pero demuestra que si pudieron manipular el 1%, también pudieron manipular la globalidad de las cifras emitidas.

Conforme a un análisis de Consistencia Democrática del Registro Electoral, llevado a cabo por investigadores de la Universidad Católica Andrés Bello, se pudo establecer que en 162 municipios, algo más de la mitad de la totalidad de los municipios del país, tenían más votantes que habitantes, si se contrasta con las cifras del Censo General de Población, realizado por el Instituto Nacional de Estadísticas. En algunos casos, 72 específicamente, esta sobre cobertura era superior al 120%, con lo cual queda demostrada la poca fiabilidad del Registro Electoral y la posibilidad de agregar votos que no se corresponden con la población real.

El Comando Simón Bolívar, del candidato Henrique Capriles presentó ante el CNE más de 3.000 violaciones a las disposiciones legales electorales, que podrían tener incidencias en los resultados de la elección del 14 de abril entre las que destacan algunas verdaderamente graves, que constituyen delitos penales, como el hecho de que los testigos de la oposición fueron retirados por la fuerza, a punta de pistola, en 286 centros de votación, lo que implica a más de 722.983 electores y que, asimismo, en muchos centros de votación hubo más votos que electores, lo que significa la manipulación descarada de las máquinas por los partidarios del oficialismo. Con base en tales argumentos el candidato de la unidad solicitó el reconteo de los votos emitidos, a lo cual el ente electoral respondió admitiendo la posibilidad de auditar una muestra de  las cajas.

Llama la atención la celeridad con la que el CNE procedió a proclamar vencedor a Nicolás Maduro, apenas a 16 horas del cierre de las votaciones, cuando la tradición es que tal proclamación se haga varios días después cuando estén consolidados los resultados definitivos que avalen la elección del candidato ganador y además, estaba de por medio la objeción del candidato opositor.

De lo que no quedan dudas después de este proceso, es que Henrique Capriles se ha erigido en el primer líder del país. Ningún otro dirigente, ni en las filas del partido de gobierno, ni en las de la oposición tiene el carisma ni la credibilidad demostrados por Capriles. Viene un proceso largo y difícil. Un gobierno en minoría, sustentándose en la represión y la violencia, decidido a no dejarse desalojar del poder y una oposición sin mayores recursos, pero con una profunda fe en la democracia y dispuesta a no dejarse subyugar por los que eventualmente gobiernan la nación, están de nuevo frente a frente. De la sindéresis en inteligencia que demuestre la dirigencia opositora y su líder en estas circunstancias, dependerá el éxito o fracaso de la lucha emprendida.

Photo, AFP

Sheyla Dallmeier es politóloga, Directora de AD Consultores y del Instituto de Comunicación Política Capitulo Colombia

Seguridad ciudadana: la deuda de los candidatos con los venezolanos

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Guest article by Miguel M. Benito 

En el 2011 Global Study on Homicide elaborado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito recogía que en 2009 en Venezuela hubo 13.985 homicidios, en una proporción de 49 por cada 100.000 habitantes. El mismo año en España, sumida en una gravísima crisis económica y con, aproximadamente, el doble de habitantes, las cifras fue de 399 asesinatos (0’99 homicidios por habitante). El Ministerio del Interior de Venezuela ha reconocido que en 2012 hubo más de 16.000 homicidios y en lo que llevamos de 2013 el número supera los 3.400. Según el Observatorio Venezolano de Violencia en el período 1998-2012 el número de homicidios es de 155.788. Para el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal Caracas es la tercera ciudad más insegura del mundo (superado sólo por San Pedro Sula y Acapulco).

A lo largo de los últimos catorce años, los planes de seguridad emprendidos por los gobiernos nacional y locales han fracasado estrepitosamente y la delincuencia está rampante y en aumento. Nicolás Maduro y Henrique Capriles deberían preocuparse más en dar un diagnóstico serio y respuestas a este asunto, que es la principal preocupación de los ciudadanos venezolanos aunque, que, como están haciendo, centrar sus campañas electorales en el ausente y presente Hugo Chávez.

En el caso de Maduro esta desatención de los temas de seguridad forma parte de la lógica del continuismo. El presidente Chávez nunca le dedicó mucha atención a este problema durante sus campañas. Sólo en 2009 adelantó algunas medidas, como la creación de la Policía Nacional Bolivariana y la recentralización de las políticas de seguridad, que no han logrado resultados. Las pocas menciones de Maduro a la inseguridad se dirigen al fortalecimiento de los mecanismos comunitarios de prevención del delito. La baja prioridad de la seguridad en la campaña Maduro se nota al estar aún solicitando ideas vía twitter a sus seguidores para incorporarlas a un plan aún inconcluso. ¿Forma de fomentar el diálogo con los electores o demostración de desinterés por la principal preocupación de los ciudadanos?

Capriles, por el contrario, sitúa la seguridad como uno de los cinco pilares de su campaña. Su apuesta habla de cero tolerancia con los secuestros, robos, homicidios y la violencia intrafamiliar y tiene un enfoque más integrado. Además de mejorar las capacidades de las fuerzas del orden, fortaleciendo los nexos con las comunidades, la coordinación interagencial y una nueva descentralización de las políticas públicas de seguridad, su programa menciona –de forma genérica- como problemas conexos a la delincuencia la creciente posesión ilegal de armas, la ausencia de oportunidades para la juventud y una reforma a la justicia penal –los niveles de impunidad crecen al mismo ritmo que la inseguridad-.

Aunque la propuesta del candidato opositor es más completa que la del oficialista, en el pasado la inseguridad no ha pesado en los resultados electorales. Pero, Maduro no es Chávez. Esa puede ser la diferencia. ¿Ventaja Capriles?

Miguel M. Benito Docente en la Universidad Externado de Colombia. Analista y Consultor polí[email protected]

This article aslo appeared in El Espectador.

Venezuela, un continente a la espera

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Guest article by Fernando Harto de Vera

Hoy se celebran en Venezuela las primeras elecciones después de la desaparición de Hugo Chávez. Tras una campaña electoral de apenas diez días las encuestas señalan que la incertidumbre de los resultados se limita a conocer por cuanto ganará Nicolas Maduro a Henrique Capriles.

La imagen que Maduro ha construído durante la campaña ha estado, como no podía ser de otro modo, fuertemente influenciada por la figura de Chávez. En sus intervenciones públicas, ha dado la impresión de copiar el estilo del comandante. Episodios como la anécdota del pajarito, la interpretación del rap y la gruesas descalificaciones dirigidas a Capriles, recuerdan inevitablemente las formas del extinto comandante. Hasta que punto esta estrategia de campaña se debe a una intención consciente para aprovechar al máximo el legado simbólico de Chávez o a una incapacidad para encontrar un estilo propio, es una incógnita que sólo el ejercicio del poder en el futuro nos desvelará.

La sorpresa ha venido desde el lado de Capriles. En las pasadas elecciones de octubre, el perfil del candidato opositor se mantuvo dentro de un discurso sosegado proyectando una imagen de moderación y sin descender al cuerpo a cuerpo con su oponente. Por el contrario, en esta ocasión ha cultivado una imagen histriónica, con la utilización de un lenguaje agresivo, muy alejada del perfil moderado y casi tecnocrático de sus primeros comicios. ¿Cuáles son las razones de este cambio? En las elecciones de octubre, es posible que la enfermedad de Chávez llevara a sus asesores a desaconsejar una estrategia de beligerancia que podría haber transmitido al electorado la imagen de persona despiadada y sin capacidad de empatía ante el sufrimiento y la enfermedad. O también es posible que la arrolladora personalidad de Chávez y su habilidad para la pelea en las distancias cortas operara como un factor disuasorio. Sea como fuere lo cierto es que el cambio de estrategia no ha reportado beneficios al candidato opositor.

Así las cosas es interesante explorar como recibirá América Latina el relevo en la presidencia de Venezuela. En 2013 habrá elecciones presidenciales en Paraguay, Honduras y Chile mientras que en el 2014 se celebrarán en El Salvador, Costa Rica, Panamá, Colombia, Brasil, Uruguay y Bolivia. En Paraguay la división del centro izquierda deja una escenario en el que el previsible triunfo del candidato del conservador Partido Colorado, Horacio Cartes, no recibirá a Maduro con simpatía. Mejor escenario se presenta en el caso de Honduras y Chile puesto que las encuestas dan como posibles vencedores a los candidatos progresistas Xiomara Castro y Michelle Bachelet, respectivamente. Especialmente interesante para Venezuela es la posibilidad de que la esposa del derrocado Manuel Zelaya, quien tuvo unas magníficas relaciones con Chávez, se alze con el triunfo.

En cuanto a las elecciones que tendrán lugar el próximo año, su lejanía hace que se imponga la cautela en el análisis. No obstante, las previsiones son de continuidad en la orientación política de estos países con lo que el entorno latinoamericano continúa con gobiernos mayoritariamiente de centro izquierda, escenario éste que augura una buena recepción de la eventual victoria de Nicolás Maduro.

En este escenario las relaciones de Venezuela con el resto de los países latinoamericanos es previsible que estén caracterizadas durante los próximos años por la continuidad y la profundización en los procesos que se han puesto en marcha durante estos catorce años de proyecto bolivariano. Así lo expresaba el jefe del Comando Sur de Estados Unidos en unas recientes declaraciones ante el Congreso de Whasington. Conviene tener presente que Maduro ocupó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores entre el año 2006 y comienzos del presente. Así pues se trata de alguien que cuenta con una amplia experiencia en el escenario regional latinoamericano.

Uno de los ejes de proyección de Venezuela va a ser sin duda el Mercosur tras su aceptación como socio pleno en 2012. La profundización de las relaciones con esta iniciativa de integración incluye un gran proyecto como es la construcción de un gasoducto que atravesaría América Latina desde el Caribe hasta el Río de la Plata en donde participarían los países del Mercosur y Bolivia. El segundo eje de la política hacia América Latina tendrá que ver con el desarrollo y consolidación del ALBA. En este sentido, la continuidad de los gobiernos progresistas en los países que forman parte de este acuerdo garantiza la estabilidad. El tercer y último eje lo constituye el acuerdo Petrocaribe firmado con 16 países (14 caribeños más Guatemala y Nicaragua) a los que cabe la posibilidad de que se vuelva a sumar Honduras en caso de triunfo electoral de Xiomara Castro.

Ahora bien, este halagüeño panorama depende de que los precios del crudo, el motor que ha financiado la proyección latinoamericana de Venezuela, se sigan manteniendo al alza. Y de acuerdo con las proyecciones de la OPEP pareciera que al menos en el corto plazo las perspectivas son de un crecimiento. Todo hace indicar que  los comienzos del mandato del próximo presidente venezolano auguran un escenario positivo en las relaciones exteriores con la región latinoamericana.

Aceptación como socio pleno de Mercosur en 2012
Su gran proyecto gasífero incluye el gran Gasoducto del Sur, que plantea la construcción de un gasoducto desde el Caribe hasta el Río de la Plata, donde participarían los países del Mercosur y Bolivia, en principio.

 

 Fernando Harto de Vera, profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid

Venezuela, luces y sombras electorales

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Nicolás Maduro y Henrique Capriles compiten esta semana por la Presidencia de una Venezuela construida sobre el proyecto bolivariano, un proyecto que, a lo largo de la última década, ha redefinido al país basado no sólo en un modelo político y económico de marcado carácter socialista, sino con miras a redistribuir de manera más justa la riqueza del país.

Así, la Venezuela en disputa ha dado luz a millones de ciudadanos hasta entonces invisibilizados, excluidos del proyecto de Estado. En otras palabras, durante el gobierno del presidente Chávez el umbral de pobreza pasó de un 50% de la población a un 27%, esto es, cerca de 8 millones de personas y un avance de casi el triple de lo que ha conseguido Colombia en ese mismo lapso de tiempo.

De igual manera, las políticas chavistas escolarizaron a más de 2 millones de personas e hicieron que dentro del país prácticamente se diera una cobertura plena en el acceso de la población venezolana a tres comidas diarias, reduciéndose a la vez en un 80% los casos de muerte por malnutrición. Todo ello le supuso, junto a Cuba, el reconocimiento el pasado mes de enero de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) por su compromiso en la erradicación del hambre.

De otro lado, siguen siendo muchos los puntos oscuros que el chavismo no ha resuelto y que claramente emergen en esta campaña electoral, como un elemento de crítica y alternativa para Capriles y como un escenario de necesidades irresolutas que Nicolás Maduro debe atender.

Venezuela es un país fuertemente azotado por la inseguridad. En 2011 se conocía que tenían lugar anualmente 1.150 secuestros diarios, entre los cuales cuatro de cada cinco eran de modalidad express. De igual manera, el índice de muertes violentas en todo el país se aproxima a las 50 por cada 100.000 habitantes, muy alejado de las 33 que presenta Colombia, las 19 de Ecuador, las 9 de Bolivia o las 6 de Perú. En un mismo orden de cosas, otras constantes a las que el proyecto bolivariano o su alternativa deberán hacer frente son la debilidad institucional del Estado de derecho, el serio déficit en la administración de justicia, la inflación, la corrupción y el clientelismo.

Por su parte, en lo que respecta a su agenda exterior, Venezuela se ha consolidado como uno de los países más reconocidos y comprometidos con el integracionismo latinoamericano, a través del impulso de Unasur o Celac, o con alternativas inspiradas en la solidaridad de los pueblos del continente —más allá de su marcado sesgo ideológico—, como Alba y el instrumento de Petrocaribe.

La Venezuela objeto de disputa electoral en estos días presenta luces y sombras para el continuismo de Maduro, así como retos y conquistas consagradas que Capriles, de vencer, deberá respetar y aceptar como legado del chavismo, tanto en su dimensión interna como externa y con independencia de su innegable y alternativo modelo de Estado. No cabe la menor duda de que el próximo domingo será el punto de inflexión más importante de la vida democrática reciente de Venezuela y de su proyecto bolivariano.

Jerónimo Ríos Sierra es analista político e investigador en ciencias políticas y sociología en la Universidad Complutense de Madrid

¿Despenalización o prohibición? El complejo problema de las drogas

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Guest piece by Miguel M. Benito.

¿La legalización del consumo de alcohol acabó con el crimen organizado en Estados Unidos? ¿La detención de Al Capone puso fin a la delincuencia organizada? No y no. Sin embargo, lo ocurrido hace ochenta años sigue siendo parte de la discusión sobre los estupefacientes.

En la actualidad, cada día se escucha con más fuerza que hay que cambiar la política antidrogas, que hay que reabrir el debate y plantear nuevas y audaces respuestas. En realidad nadie parece querer un debate serio, y se usan ciertas convenciones para decir que del prohibicionismo absoluto hay que pasar a la legalización, sin más. Si esta es la calidad del “debate”, cualquier diagnóstico que deje será insuficiente. De verdad, ¿la despenalización de la droga tendría el efecto esperado en debilitamiento de las bandas de criminalidad transnacional y reducción de la violencia? Este es un asunto en el que tengo más dudas que certezas, por lo que dejó aquí algunas reflexiones con las que –sí- alimentar el debate.

1-     Las redes internacionales de criminalidad han diversificado sus intereses y realizan varias actividades delictivas a la vez. El fin de uno de sus negocios, no implica la desaparición de toda la organización criminal. Dado que una de las características esenciales de éstas es su adaptabilidad, posiblemente asistiríamos a un reajuste de las estructuras criminales y de los mercados de la ilegalidad, posibles tensiones y/o alianzas con otros grupos, pero no su desaparición.

2-     ¿Los operadores del narcotráfico pasarían a la actividad económica legal? Suponer que un grupo de profesionales especializados en actividades criminales, en muchos caso sin formación alternativa que permita su adaptación a otras ocupaciones profesionales, acostumbrados a un determinado nivel de ingresos, sin más, pasarían al mercado de trabajos legales es ingenuo. Como las estructuras, los individuos intentarían mantener su status dedicándose a tareas en cuyas habilidades fuesen valoradas. Por lo tanto, los trabajadores del narcotráfico acabarían reforzando otras estructuras ilegales. ¿Debilitamiento?

3-     Ante la caída, parcial o total, de ingresos por narcotráfico, las redes criminales tratarían de aumentar el margen de beneficio en sus otras actividades por ejemplo la trata de personas, el secuestro, la venta de armas. Siguiendo la lógica aplicada en la idea de legalizar el tráfico de drogas ¿se deberían legalizar todas esas otras actividades para dejar sin fondos esas estructuras?

4-     El ajuste al que me refiero en lo puntos anteriores, ante una reducción del margen de beneficio, podría llevar a procesos de adaptación violentos –conquistar otros mercados puede suponer chocar con otras organizaciones, para aumentar los márgenes de beneficio en otros mercados se puede ejercer mayor crueldad, etc.-, por lo cual, el objetivo de reducir la brutalidad de las bandas criminales fracasaría.

5-     Siempre hay un margen de negocio ilegal. Aunque el narcotráfico se despenalizase, siempre habrá un margen de ilegalidad, por ejemplo, vinculado a la venta a menores de edad o venta de producto adulterado. Por tanto, habría espacios para la supervivencia de redes de microtráfico o como un brazo más de una organización criminal mayor.

6-     La venta de estupefacientes, aún tras una hipotética legalización, sería un mercado con mucha intervención de las autoridades de salud y seguridad, pero eso no supone que se produzca una reducción del número de adictos. ¿desapareció el alcoholismo con la legalización en los años treinta en Estados Unidos o aumentó?

7-     Cualquier paso hacia la despenalización de las drogas debe ser global, para evitar crear asimetrías que favorezcan a unos delincuentes que han demostrado ser expertos en sacar ventaja de las fallas en la coordinación entre países.

Dos dudas centradas en el caso colombiano:

–          ¿Es preciso afirmar que la lucha contra las drogas ha fracasado? Esa ha sido una de las pocas políticas de Estado que se han mantenido constantes y que, ha supuesto, entre otras cosas el fortalecimiento del aparato policial-militar colombiano, como instrumento del Estado. Es decir, el primer pilar sobre el que se ha adelantado algo en la consolidación del Estado y su presencia en el territorio está vinculada directamente a la guerra contra las drogas.

–          ¿Cómo afectaría la legalización del narcotráfico a los procesos de titulación de tierras? ¿No intentarían los narcos regularizan la posesión de unos terrenos que de facto son de su propiedad expulsando o acabando con testaferros e intermediarios?

La experiencia del alcohol en Estados Unidos es de hace 80 años. Las decisiones que declararon a las drogas enemigo público número uno se remontan a hace 40 tampoco. Al Capone, Eliot Ness o Richard Nixon no pueden ser las referencias para tomar decisiones hoy, es necesario mantener un verdadero debate que no caiga en dicotomías falsas del tipo ‘salud o seguridad’ y que, de verdad, analice los procesos actuales.

Por último, permítanme un pequeño excurso. No deja de resultar profundamente hipócrita la posición de algunas personalidades de la política y de la prensa que sostienen que Samper y Gaviria representan dos voces autorizadas que enriquecen el debate sobre las políticas de drogas y muestran que Colombia es una sociedad plural con múltiples opiniones, y al mismo tiempo, encuentran inaceptable que Uribe y Pastrana critiquen el proceso de negociación que se da entre gobierno y FARC en La Habana. El asunto no es si los expresidentes opinan o no sobre un tema u otro, sino que nadie se ha molestado en definir cuál debe ser el papel de los expresidentes. Doble rasero.

Miguel M. Benito. Docente en la Universidad Externado de Colombia. Analista y Consultor político. @mbenlaz

Asalto al SIDH: ¿Una derrota continental?

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Guest piece by Miguel M. Benito

Mientras muchos latinoamericanos se preparaban para tomar unos días de vacaciones durante esta Semana Santa y discutían de las vicisitudes de los partidos de selecciones nacionales del pasado viernes 22 de marzo, en Washington la Asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA) un grupo de países americanos se lanzaba a la carga contra el Sistema Interamericano de Derechos Humanos (SIDH).

A lo largo de los últimos diez años aproximadamente, el sistema interamericano instaurado alrededor de la OEA ha visto reducida su importancia en todo el Hemisferio. La combinación de un Secretario General, como Insulza –preocupado por réditos personales pero no por la organización a la que representa-, la absoluta devaluación de la política hemisférica para los Estados Unidos –concentrado en sus atolladeros en Oriente Medio, desinteresado en el multilateralismo y propenso a desentenderse de los compromisos financieros internacionales ante sus propios problemas fiscales- y la acción de los países del ALBA –coordinados y consistentes en sus objetivos para debilitar cualquier mecanismo de supervisión internacional a sus políticas internas- han llevado a la OEA a un estado de parálisis.

Los espacios para la deliberación y compromiso políticos -Cumbres de las Américas y las propias Asambleas de la OEA- colapsan, incapaces de alcanzar nuevos acuerdos o de desarrollar aquellos ya existentes para convertirlos en normas de vigencia plena.  Valga el ejemplo de la Carta Democrática vaciada de contenido cuando los países del ALBA, con Venezuela a la cabeza, quebraron el consenso sobre la idea de democracia en América. Así se no se ven obligados a cumplir ciertos estándares sobre prácticas democráticas que cuya validez niegan de entrada. Las crisis de Honduras y Paraguay dan testimonio de esta neutralización de la Carta Democrática.

La retórica antiestadounidense del chavismo y el bolivarianismo, ha facilitado la aparición de organismos y entidades que intentan desplazar a la OEA y crear espacios en los que Estados Unidos y Canadá queden al margen, como UNASUR y CELAC. Lo regional sustituye a lo hemisférico y se marginaliza el único escenario de interlocución permanente y multilateral América Latina – Estados Unidos. Reclamando que Washington no escucha a sus vecinos del Sur, se opta por neutralizar el foro actual existente para tener vías de diálogo abiertas. Paradójico.

Junto con la mencionada Carta Democrática, el SIDH es el logro más alto del entorno OEA. Los gobiernos del continente, más dados a devorar a sus creaciones que a potenciarlas, Comisión y Corte Interamericanas de Derechos Humanos se han convertido en una molestia, porque tienen –y ejercen- capacidades de investigación, control, sanción, etc. Los gobiernos del continente de derecha e izquierda,  salvo contadas excepciones, están haciendo causa común para volver atrás en el tiempo y restablecer un concierto continental en el que no tengan que dar cuentas a nadie de sus acciones al interior de sus fronteras.  En definitiva, a los  gobiernos, simplemente no les gusta no les gusta verse obligados a reconocer sus malas prácticas, violaciones, abusos o errores.

Por ello se están esforzando mucho en, si no pueden acabar con el SIDH, sí, limarle los dientes y domesticarlo, bajo la forma de ajuste técnico –reforma de procesos, financiamiento, etc.-, se han puesto a la tarea reducir las capacidades de investigación y sanción de Corte y Comisión.

El viernes 22 de marzo, mientras los gobiernos se movían para que las instancias continentales para la defensa contra abusos estatales, los ciudadanos –los que pierden algo realmente en este proceso- decidieron, concentrarse en el fútbol. El lema romano de “pan y circo” nunca pierde su vigencia. Esa sí que es una gran derrota y no las que recibieron algunos combinados nacionales de fútbol.

Miguel M. Benito.

Docente en la Universidad Externado de Colombia. Analista y Consultor político. @mbenlaz

El legado más peligroso de Chávez

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Guest piece by Miguel M. Benito

Hugo Chávez no deja un legado. Deja varios. Unos positivos, como la inclusión de sectores tradicionalmente marginados, situar la pobreza como tema central, el crecimiento económico. Otros contradictorios: uso de prácticas clientelistas, cierta desinstitucionalización en favor de mecanismos paraestatales, dudas sobre la sostenibilidad del modelo económico-asistencial, su papel internacional –apoyando la integración regional a costa de la OEA-. Y negativos, la dependencia de la economía de los ingresos del petróleo y de las importaciones, la militarización, la concentración de poder y el fin de la división de poderes, mantenimiento de altos niveles de corrupción, el caudillismo, la inseguridad ciudadana y, sobre todo, la intensa polarización de Venezuela.

El más peligroso de todos es el último, la polarización, que combinado con la militarización, es lo que despierta más recelos sobre la estabilidad del país.

La militarización ha sido una realidad con varias dimensiones: el constante apoyo del régimen en el estamento militar para ocupar cargos en la administración civil; el reparto de armas entre sectores de la población civil, articulada como milicias bolivarianas, la identificación de la revolución bolivariana como movimiento cívico-militar, la ideologización de las Fuerzas Armadas y, por último, en concepción de la política como una actividad militar –por ejemplo el PSUV se organiza siguiendo el modelo de unidades militares- y en el uso la retórica como un arma más. La militarización de la palabra ha sido el principal instrumento de polarización.

Los discursos, tanto los de Chávez como los de sus sucesores, están llenos de imágenes militares, de violencia y, sobre todo con un profundo desprecio a la oposición. La relación con el adversario es el de un combate maniqueo y existencial (ellos, los malos o nosotros, los buenos).  Si bien este recurso sirve para fomentar la unidad y la lealtad –la virtud que más intentan destacar los sucesores de Chávez desde su muerte-, esa retórica, manifiesta la deshumanización del otro, calificado como mal venezolano, apátrida, traidor, lacayo del imperio, en definitiva elemento ajeno al cuerpo político que conforman los venezolanos, identificados como los chavistas. Porque no hay que olvidar que el chavismo ha realizado un inmenso esfuerzo por apropiarse e identificarse con los principales símbolos de Venezuela.

El discurso, lleno de llamadas a la acción, que apela a la marginalización. Enajenación simbólica que impide el acuerdo o, si quiera, el debate. Cómo o qué se puede tratar con esos a los que significa de traidores y conspiradores y qué se pacta cuando cualquier disenso significa un acto traición.

Un lenguaje, que el chavismo ha convertido en lenguaje del Estado y no sólo del partido, con toque orwelliano, y que a base de repetición se ha ido imponiendo, desde la cúpula del chavismo a sus bases. En ese sentido las campañas electorales del chavismo llaman a aplastar, aniquilar al oponente.

Desde la muerte de Chávez, este lenguaje ha arreciado. Llamados a la unidad del chavismo y apelaciones a teorías conspirativas que pretenden mantener movilizadas a las bases y evitar las pugnas internas por el poder.

Maduro, con casi total seguridad, ganará las elecciones presidenciales, pero por ahora está obligado a presentarse como el continuador de la obra inconclusa del Comandante Presidente, a mostrar que nada cambia, aunque todo cambie, incluso imitando la forma de vestir y hablar del presidente Chávez, para afianzarse en el poder y mantener su legitimidad.

Su ocasión de rebajar la tensión vendrá cuando ya esté instalado en Miraflores.  Veremos si la aprovecha o si deja a Venezuela en la permanente incertidumbre que produce estar siempre entre el todo o la nada.

Miguel M. Benito. Docente en la Universidad Externado de Colombia. Analista y Consultor político. @mbenlaz

Columna publicada originalmente en Asuntos del Sur