Guest piece by Miguel M. Benito
Juan Manuel Santos, sus ministros y sus asesores no saben qué mensajes trasladar a la opinión pública colombiana y, para buscarlos, hace unos días decidieron retirarse a la Hacienda Presidencial Hatogrande.
Porque “el cónclave”, como pretenciosamente se denominó a ese encuentro, fue un intento para estructurar una estrategia de comunicación, identificando logros del gobierno, coordinando la acción del ejecutivo en los próximos meses e insistiendo en la necesidad de que los altos funcionarios no actúen como técnicos cualificados, encerrados en sus despachos y desconocidos por los ciudadanos, sino que lo hagan como lo que son: políticos profesionales, cuyo trabajo exige hacer presencia pública frecuente.
Pero esta reunión lejos de mostrar la fortaleza del gobierno transmite su preocupación y confirma, muchas de las críticas que intentaba desmentir. Que hay problemas en la ejecución de iniciativas -¿tanto cuesta identificar los aciertos que ni dentro del propio ejecutivo los conocen?-, que el nivel de coordinación gubernamental es muy bajo, que hay poca conexión con las regiones y con los gobernadores y que, aunque el presidente ha insistido varias veces en este punto, sigue faltando una estrategia de comunicaciones. Por último, esta revisión general de la estrategia, muestra que el gobierno no tiene la iniciativa política e pugna recuperarla.
Sin embargo, Hatogrande supone, de hecho, un nuevo fracaso del gobierno Santos. Del retiro Santos y su equipo deberían haber vuelto con algún mensaje concreto que presentar a la opinión pública colombiana. No fue así. Se desaprovechó la ocasión de dominar el ciclo informativo durante unos días con anuncios relevantes. Y, sobre todo, el presidente dejó escapar la oportunidad para declarar que buscará la reelección -la única conclusión lógica de una reunión dedicada a identificar logros y diseñar mensajes para defender la gestión del actual gobierno. ¿Por qué detener la rutina del ejecutivo al completo sino es para empezar a construir la plataforma de la reelección?-.
Con retraso J. M. Santos parece haber comprendido que si quiere cuatro años más en la Presidencia de la República necesita encontrar el modo de conectar con los colombianos, porque sus otras cartas (las negociaciones de La Habana con las FARC, el apoyo de los partidos de la unidad nacional y los recursos a disposición de la presidencia) podrían no bastarle si hay una alternativa fuerte. En realidad, la única ventaja clara de Santos sobre sus críticos es que la oposición aún no tiene plataforma ni propuestas ni mensajes movilizadores.
Como apunta Kevin Howlett, nuestro editor estos problemas hablan de una democracia inmadura, en la que ni los partidos políticos, ni el gobierno ni los medios de comunicación saben cómo tratar la existencia de una verdadera oposición al gobierno o la reelección.
Una nota final: mientras el gobierno busca los mensajes y la narrativa que quiere transmitir a los ciudadanos, debería prestar más atención a algunos gestos y a imágenes. En Caracas, durante su asistencia a las exequias de Hugo Chávez, Santos dejó una serie de imágenes negativas para él. Aparecer asociado a gobernantes tan poco recomendables como Raúl Castro, Mahmud Ahmadineyad y Alexander Lukashenko no le ayudan a conseguir el apoyo del electorado de centro-derecha en favor del uribismo. Haber permanecido en un prudente segundo plano hubiera sido mucho mejor para el presidente colombiano.
Pero, hoy, Santos, en Hatogrande, en Caracas o, incluso, en Copenhague, es un político sin mensaje. Y le urge.
Miguel M. Benito es docente en la Universidad Externado de Colombia. Analista y Consultor polí[email protected]
Esta columna fue también publicada en la Revista Posición.
